Para quienes comprendemos la importancia y el poder de la comunicación —y sus profundas implicaciones en el curso del mundo presente y futuro— permanece abierta una pregunta incómoda, casi dolorosa. Una pregunta que, pese a siglos de reflexión teórica, aún no hemos logrado responder del todo:
Cuando la comunicación se interrumpe o parece imposible, ¿cómo podemos pasar de la in-comunicación a la comunicación?
Entiendo aquí la comunicación como ese proceso de interacción e intercambio que nos permite sentirnos partícipes unos de otros; como la experiencia que nos hace capaces de dar juntos un nombre al mundo. Y precisamente por eso, esta pregunta se me presenta como una herida persistente, cotidiana. Se hace visible cada vez que experimento mi propia unicidad y, al mismo tiempo, me faltan los recursos —las palabras, los gestos, las mediaciones— para hacerme comprender por el otro, y aún más, para comprenderlo verdaderamente.
Entre interioridad y comunidad: una tensión irrompible
No se trata, sin embargo, de una cuestión meramente íntima o personal. El problema de la in-comunicación pone en evidencia el vínculo irrompible entre interioridad y comunidad, entre identidad y socialidad. Allí donde la comunicación falla, no solo se resiente el diálogo: se fractura también la posibilidad de reconocernos como parte de un nosotros.
De aquí surgen nuevas preguntas, igualmente urgentes:
- ¿Cómo evitar que la comunicación esté al servicio de lógicas divisorias, binarias y polarizantes?
- ¿Cómo romper con la conocida estrategia del divide et impera, que sigue operando como mecanismo de poder y control?
- ¿Qué podemos proponer para que la comunicación se convierta, en cambio, en una amplificación noble de la capacidad cooperativa que caracteriza al ser humano?
Y, sobre todo:
¿Cómo pueden nuestras narraciones contribuir a derribar los muros invisibles que separan pueblos, facciones políticas, posiciones de pensamiento, disciplinas y cosmovisiones?
Narrar para derribar muros, no para reforzarlos
Sabemos —o al menos deberíamos saberlo— que lo que urge abatir, y no reforzar, a través de las narraciones cotidianas y mediáticas, son esos muros simbólicos que a menudo se sostienen sobre estereotipos, imágenes colectivas rígidas y simplificaciones peligrosas.
El problema es que hoy narramos mucho… pero no siempre narramos mejor.
La encrucijada digital: más voz, más responsabilidad
En la era digital, Prometeo ha vuelto a poner el fuego en manos humanas. Al menos el 50 % de la población mundial tiene hoy el potencial de hacer viajar su voz, su imagen, su interpretación del mundo. Con apenas 134 gramos de un smartphone, cualquiera puede convertirse en creador autónomo de sentidos y significados, con un alcance potencialmente global.
Y sin embargo, esta extraordinaria posibilidad convive con una paradoja inquietante:
la comunicación, lejos de unir, con frecuencia profundiza desigualdades y divisiones.
¿Cómo responder, entonces, a esta ecuación existencial de la comunicación contemporánea?
¿Qué deberíamos hacer para acrecentar la conciencia de nuestra interdependencia y de nuestra responsabilidad común en la sostenibilidad del planeta y de la vida social?
Una disyuntiva ineludible
Hoy nos encontramos frente a una elección clara. En las autopistas de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación podemos avanzar en dos direcciones opuestas:
- hacia una creciente individualización y polarización en un mundo formalmente globalizado, o
- hacia el tejido paciente de relaciones de reconocimiento y estima mutuos, capaces de devolver sentido y valor a la vida compartida.
No es una elección neutral. Nunca lo es.
La generatividad como clave
En este contexto, la categoría de generatividad, introducida en las ciencias sociales por el psicólogo Erik Erikson, se presenta como una perspectiva especialmente fecunda.
La generatividad expresa la capacidad de extender el cuidado, la preocupación y la responsabilidad más allá del propio interés inmediato: hacia la comunidad, la sociedad, la humanidad en su conjunto. Es una elección consciente, un acto de valor social y simbólico, que emerge cuando los seres humanos se comprometen con el bienestar de las generaciones futuras.
Aunque es una prerrogativa personal, la generatividad es profundamente relacional. Requiere descentralización, apertura al otro, disposición al cuidado y a la entrega. Toda acción es potencialmente generativa o degenerativa; nunca neutra.
Hacia una comunicación generativa
Pensar la comunicación desde la generatividad implica asumir que comunicar no es solo transmitir información, sino configurar mundo, habilitar o clausurar relaciones, abrir o cerrar futuros posibles.
La comunicación generativa que aquí se propone es aquella que actúa frente a los procesos de in-comunicación mediante acciones concretas, creativas e innovadoras, orientadas a hacer posible una realidad relacional positiva y a inaugurar nuevos escenarios sociales.
No se trata de ingenuidad, sino de responsabilidad.
No de optimismo vacío, sino de una apuesta ética y política por el futuro.